Los cuatro enemigos de la relación: la actitud defensiva

La actitud defensiva, que se refiere a la auto protección por medio de una indignación pretendidamente legítima o un victimismo inocente, con el objetivo de defenderse de un ataque percibido. Muchas personas se ponen a la defensiva cuando son objeto de crítica porque el efecto que perciben es la culpabilización.

Suele ser un contraataque a una queja (que no es lo mismo que una crítica). Todos nos hemos puesto a la defensiva alguna vez, y este enemigo de las relaciones está siempre presente  cuando explota un conflicto. Cuando nos sentimos injustamente acusados buscamos excusas para que nuestro compañero retroceda. Sin embargo, la actitud defensiva es en realidad una forma de culpar a nuestra pareja. Lo que decimos es: “El problema no soy yo, eres tu”.

– Queja: “Llamaste a tus padres para avisar de que no iríamos a cenar como me prometiste esta mañana?”

– Actitud defensiva: “Estuve muy ocupado, ¡ya sabes lo estresado que estoy! ¿Por qué no lo hiciste tú, entonces?

El que toma la actitud defensiva en este ejemplo no está aceptando la responsabilidad de no haber llamado. Al contrario, está culpando a su compañero. Como resultado, el problema no se resuelve y el conflicto se hace mayor. Esto prepara el terreno para otros enemigos de las relaciones, como la crítica o el desprecio.

Desgraciadamente, esta estrategia casi nunca tiene éxito. Nuestras excusas no hacen más que decirle a nuestro compañero que no nos lo tomamos en serio, que queremos que asuma algo que realmente no cree o que lo estamos echando. A pesar de que es comprensible el comportamiento del que se pone a la defensiva, no es la manera de conseguir lo que deseamos. Nadie pide perdón y el problema no se resuelve.

¿Cuál es el antídoto para la actitud defensiva? Asume la responsabilidad. Debes asumir la  responsabilidad de tu papel en las situaciones, de la parte que has aportado al conflicto. En las relaciones saludables las parejas no se ponen a la defensiva cuando discuten en el ámbito de un conflicto.

– Queja: “¿Llamaste a tus padres para avisar de que no iríamos a cenar como me prometiste esta mañana?”

– Antídoto: “Oops, me olvidé. Debería haberte pedido que lo hicieras tu porque sabía que hoy iba a estar muy ocupado. Espera que los llamo ahora.”

Las parejas que evitan la actitud defensiva, asumen la responsabilidad de sus actos y expresan interés por los sentimientos de sus compañeros. Por ejemplo: “Tienes razón, podría haber sido más consciente de lo estresado que estás, lo que dices tiene mucho sentido, cuéntame más”.  Una vez has aceptado tu papel en el conflicto, asumes tu responsabilidad en él. Cuando hagas esto, descubrirás que puedes tener un verdadero diálogo con tu compañero, y os convertireis en un equipo que trabaja de la mano para resolver el conflicto.

Piensa en los problemas perpetuos de tu relación, esos que aparecen a menudo y parece que nunca se acaban de ir. ¿Crees que la televisión está encendida demasiado tiempo? ¿Piensas que tu pareja está siempre fuera? ¿Te sientes agotado del trabajo que da llevar la casa? ¿Sientes que estáis siempre discutiendo sobre pequeñeces? Imagina las conversaciones, los argumentos y las peleas que habéis tenido sobre conflictos pero de una manera distinta:  siendo menos críticos, con menos desprecio y con más comprensión de las mutuas necesidades, expresando vuestros sentimientos de forma sana y asumiendo la responsabilidad de todo aquello que no ha salido bien. Intenta manejar las discusiones de esta forma y verás lo mucho que os vais a beneficiar. Piensa en esto cuando plantees un problema:

– ¿Cuál es mi objetivo?

– ¿Cuál es el verdadero problema, el que subyace al conflicto?

Cuando tengas tiempo haz una lista de temas que quieras/necesites hablar, aquellos que parece que nunca se resuelven. Escribe también el modo como quieres que se desarrolle la conversación. Sobre todo, no olvides lo que has aprendido sobre la crítica.

Te sorprenderán los resultados!

¿Qué podemos aprender de la actitud defensiva?

Los puntos ciegos del comportamiento: son cosas que no podemos ver sobre nosotros mismos pero que los demás sí que ven. Cuando alguien intenta hacernos ver un punto ciego acostumbramos a rechazarlo como algo que simplemente es incorrecto (no porque nos pongamos a la defensiva irracionalmente sino porque, a nuestros ojos, no es verdad). Nos deja confundidos y nos hace preguntarnos qué es lo que provoca esta impresión en los demás.

¿Será culpa de los demás? ¿Estarán celosos? Mientras pensamos sobre lo que puede llevar a esa otra persona a pensar tan mal de nosotros, nos alejamos poco a poco de considerar los comentarios y de preguntarnos cómo nos pueden ser útiles.

No nos podemos ver a nosotros mismos. Pasamos mucho tiempo con nosotros mismos así que de alguna manera somos los que mejor nos conocemos; sin embargo, hay cosas que es imposible que podamos ver (nuestras expresiones faciales o el lenguaje corporal). Incluso nos cuesta juzgar nuestro tono de voz. Vemos entonces que aquello que es más obvio y directo para los demás es lo único que no podemos apreciar. Comunicamos mucho con las expresiones y con la tonalidad, especialmente nuestro estado emocional. Nuestro cuerpo puede traicionar a nuestras palabras. El cuerpo es un reflejo de nuestra interioridad.

Un segundo tipo de punto ciego es el impacto que provocamos en los demás, cosa que tampoco podemos ver ya que ocurre en las mentes y corazones de las otras personas. Tenemos evidencias indirectas de ello, pero es muy fácil malinterpretar. Las cosas nos sientan de manera distinta a cada uno, y a veces podemos tener razón, pero muchas veces nos equivocamos.

Cuando nos ponemos a la defensiva, reaccionamos ante las palabras de nuestro compañero sin realmente escuchar lo que nos dicen. Lo que hacemos entonces es dar la vuelta a la tortilla y dirigir toda la culpa hacia los demás.

Recuerda que el lenguaje no verbal está presente en cualquier conversación y muy a menudo lo procesamos inconscientemente mientras prestamos atención a otro aspecto de la interacción. Tanto si somos conscientes de ello o no, son vitales para la interpretación que hacemos de la persona que habla. La tonalidad, el lenguaje corporal, las expresiones faciales  y otros signos externos suelen ser percibidos conscientemente por los que escuchan. Sin embargo, otros elementos no verbales mediante los cuales expresamos nuestra interioridad no son para nada reconocibles. Puede que ni nos demos cuenta de que los estamos haciendo. Puede que tengamos muy buenas intenciones en lo que se refiere a una conversación, pero incluso la mejor actitud positiva cae ante un serio malentendido. Debes estar focalizado en evitar la crítica y el desprecio, con estos dos enemigos bajo control, la resta será mucho más fácil.