Vamos a ver cómo “manipular” a nuestros hijos adolescentes para lograr vivir todos felices y contentos.
1. Redefinir o reestructurar
Hay situaciones en las que despojar al otro de lo que siente, redefiniéndolo de manera estratégica, puede ser una óptima estrategia de solución incluso para problemas complejos.
Veamos el caso de un adolescente rebelde, ante el que los padres ya no saben qué hacer, están desesperados. Las explicaciones, sermones, castigos y culpabilizaciones han resultado completamente ineficaces. Se han dado cuenta de que cuanto más se le castiga y riñe, más intensifica el muchacho su comportamiento rebelde y desafiante. Es entonces cuando los padres, y con la ayuda de una psicóloga, deciden reestructurar o redefinir el comportamiento de su hijo para quitarle la connotación de rebeldía y lo colocan en un marco diferente y claramente indeseable para el muchacho.![]()
Una noche llaman al hijo y le explican que por la tarde han ido a ver a una psicóloga muy buena, experta en conducta de adolescentes. Esta profesional les ha explicado que él en realidad no es maleducado ni rebelde, sino que sufre una profunda angustia existencial porque se está haciendo adulto y está perdiendo la seguridad de la infancia. Le dicen que cada vez que él, como adolescente, se rebela en realidad está pidiendo inconscientemente atención y protección a los padres, quienes, en consecuencia, deberán dejar de castigarlo y mostrarse amorosos y protectores con él, hasta la saciedad. Habrán de estar encima de todo lo que hace, con mucho cariño, como si fuera un niño pequeño. Cuando este tipo comportamiento en la relación entre padres e hijos se vuelve generalizada y redundante, disfrazado de atenciones constantes y declaraciones de amor por parte de los padres, estamos ante un guión decididamente disfuncional para los hijos: la hiperprotección.
Estamos hablando de esas situaciones en que los padres acaban ocupándose y preocupándose de todo lo que afecta a la vida de su hijo adolescente. Le ayudan a que su vida sea lo más fácil posible, muchas veces estudiando con él, tratando de eliminar todas las dificultades, incluso los problemas con los amigos, y hasta intervienen directamente haciendo las cosas en su lugar por no haber comprendido que todavía era «pequeño» y los necesitaba, y de este modo lo someten a la comunicación: «Sabemos mejor que tú lo que quieres decir cuando te rebelas: no es porque te sientas adulto, sino porque todavía te sientes un niño». Despojado del significado de su propio sentimiento, el hijo sabe ahora que, si continúa rebelándose, los padres pensarán que es un niño frágil e incapaz, exactamente lo contrario de lo que quería manifestar con su comportamiento. La única manera posible de que los padres reconozcan en él un sano deseo de autonomía pasa por dejar de desafiarlos y buscar otras vías de comunicación alternativas, que permitan a los padres reconocer su momento de crecimiento hacia la edad adulta.
2. Aumentar la autoestima y la seguridad de tus hijos
Muchas veces los padres los padres no utilizan esta estrategia para redefinir la rebeldía, sino que son realmente hiperprotectores con sus hijos. No son conscientes de que los años han pasado y los adolescentes no sólo ya no les necesitan como antes sino que necesitan hacer las cosas por sí mismos. Los hijos de padres hiperprotectores suelen tener la autoestima baja, poca seguridad en sí mismos, y por eso, los problemas cotidianos les pesan excesivamente.
Hemos de entender que cuando se hiperprotege, los hijos reciben un mensaje doble: por una parte se les transmite: «Lo hago todo por ti porque te quiero», pero al mismo tiempo, se transmite una descalificación sutil e inconsciente: «Lo hago todo por ti porque tú solo no puedes» Y este segundo mensaje contribuye con el tiempo a formar y a alimentar la sensación de incapacidad y la baja autoestima en los recursos de estos adolescentes, que a menudo acaban desarrollando auténticos problemas psicológicos El antídoto contra la hiperprotección es dejar que los hijos, avanzando poco a poco, se enfrenten a las dificultades de la vida real y reciban directamente esos pequeños golpes que los hacen más fuertes y les permiten ir asumiendo de forma gradual las responsabilidades de sus decisiones. La autoestima se conquista a través de las experiencias personales, superando pruebas con los propios recursos, y no nos la pueden proporcionar los otros. De modo que, ante el adolescente inseguro que pide constantemente seguridad y consejos a los padres, en vez de seguir dándole respuestas, se le puede preguntar: «¿Y tú qué crees? ¿Tú qué harías? En circunstancias similares me ha sido útil hacer esto, pero no sé si a ti también podría servirte», «Estoy seguro de que hay otras alternativas, veamos si juntos las encontramos» son formas de ayudar a los muchachos a crecer sin decidir por ellos y sin imponerles nuestra visión de las cosas
Debemos vigilar la tendencia espontánea de muchos padres a representar ante sus hijos el papel de personas infalibles, que lo saben todo y conocen la manera «correcta» de enfrentarse a la vida, en vez de proponerse como guías capaces de indicar posibles alternativas. Estos padres saben ya cuál es la respuesta correcta y creen que dársela al hijo es la mejor manera de ayudarle a crecer.
Crear diariamente una pequeña prueba para que tu hijo la supere es algo que les va a ayudar realmente. Dejar que sea el hijo el que decida lo que quiere decir o hacer siempre es la mejor opción, ya que las soluciones que él mismo encuentra son las que tienen más posibilidades de ser llevadas a la práctica.
En realidad, como hemos visto, esta modalidad comunicativa y relacional corre el riesgo de crear guiones de dependencia o de contradependencia.
Además, para transmitir nuestros valores, no es necesario imponerlos como reglas, basta con mostrarlos como ejemplo: si la relación que hemos construido está basada en la autoridad más que en el autoritarismo, esos valores serán asimilados y adoptados espontáneamente por nuestros hijos, porque reconocerán su bondad en nuestras acciones más que en nuestras palabras.
3. Escucha empática y activa
Saber escuchar a tu hijo adolescente fomentará la comunicación entre vosotros y te permitirá saber mucho más sobre él. Si percibe tu interés al tiempo que no se siente juzgado, podrá explicarte, sin reparos, todo lo que le pase o lo que le preocupe. La escucha empática y activa demuestra al otro que entiendes lo que te cuenta y también lo que hay detrás: sus ideas, sus sentimientos y sus pensamientos.![]()
¿Y en qué se traduce esto de escuchar activamente a tu hijo?
- Mírale a la cara, préstale atención con tu cuerpo para que le quede claro que te interesa.
- Escucha de verdad lo que te dice, sin desconectar y pensar en tus cosas. Asiente, tócale, demuestra que estás conectado a su discurso.
- Muestra empatía reflejando sus sentimientos. “Vaya, eso te habrá molestado mucho” o “Noto que estás muy orgulloso de tí”.
- No rellenes sus silencios con tus palabras. Si quieres decir algo vale con un “ahhh, ummm…” o puedes resumir o parafrasear lo que ha dicho, para que vea que le sigues en lo que te está contando.
- Dale tiempo para que te cuente, sin moverte impaciente o hacer otra tarea a la vez.
- No le propongas tus soluciones o le des tu opinión si no te la pide, igual sólo quiere contártelo para desahogarse.
- Deja que llegue a pensar sus propias soluciones. Que como padres nos impacientamos cuando creemos que nuestro hijo sufre y buscamos enseguida que haga lo que creemos que debe hacer.
- Deja tu móvil lejos y no contestes si suena. Haz evidente que él es más importante que otras distracciones en ese momento.
4. Recibir bien las buenas noticias
Está demostrado científicamente que es más perjudicial para la relación no saber recibir bien las buenas noticias del otro que no apoyarle en los malos momentos.![]()
Cuando el adolescente comunica lo que para él es una buena noticia, hemos de poner en práctica la escucha empática, y evitar los “peros” y la reprobación.
La reprobación crea a la vez sentimiento de culpa, descalificación y enfado en nuestro interlocutor. Esta técnica consiste primero en felicitar al otro y valorarlo, e inmediatamente después afirmar que podría haberlo hecho mejor, o más, o que lo que ha hecho no es suficiente.